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En los años 60, la Unión Soviética comenzó a estudiar los fenómenos ovni con un enfoque científico, desafiando la noción de que eran solo ilusiones ópticas. Un grupo de científicos, militares y figuras públicas formó un organismo informal para investigar estos objetos no identificados. Se destacó la importancia de no descartar hipótesis, incluso las que sugerían que los ovni podrían ser naves de otros planetas. La creación de un comité en Moscú, liderado por un coronel de la fuerza aérea, marcó un paso importante en la sistematización de las observaciones.
Los datos recopilados mostraban patrones sorprendentes: los ovni aparecían con frecuencia cerca de instalaciones militares y aéreas, y evitaban el contacto directo con aviones. Esto generaba la impresión de que estaban "estudiando" la Tierra. Además, coincidencias como el aumento de avistamientos cuando Júpiter se acercaba a la Tierra añadían misterio. Un caso particularmente intrigante fue el meteorito de Tunguska, cuyas características no encajaban con las de un cuerpo natural. Estudios posteriores sugirieron que podría haber sido un objeto artificial, lo que abría la puerta a la posibilidad de que no estuviéramos solos en el universo.