🇺🇸 CIA
En plena Guerra Fría, cuando la Unión Soviética se había convertido en una fortaleza impenetrable para el espionaje tradicional y el temor a un ataque nuclear sorpresa paralizaba a Washington, un puñado de científicos, ingenieros y espías concibieron una solución audaz: volar tan alto que nadie pudiera alcanzarlos. Este documento desclasificado de la CIA, escrito en 1992 y liberado en 2013, narra la historia completa de los programas de reconocimiento aéreo tripulado U-2 y A-12 OXCART, desde su génesis en los despachos del presidente Eisenhower hasta su legado tecnológico décadas después. Todo comenzó cuando el genial diseñador Kelly Johnson, desde los legendarios Skunk Works de Lockheed, propuso un avión que era esencialmente un planeador a reacción —tan ligero que ni siquiera tenía tren de aterrizaje convencional— capaz de volar por encima de los 70.000 pies. La Fuerza Aérea lo rechazó, pero científicos civiles como Edwin Land y James Killian lo rescataron y convencieron a Eisenhower de financiarlo a través de la CIA, precisamente para que un sobrevuelo no se interpretara como un acto de guerra. El resultado fue el proyecto AQUATONE: veinte aviones entregados a tiempo y por debajo del presupuesto, construidos en secreto en el Área 51, con cámaras revolucionarias y pilotos civiles encubiertos. Como curiosidad, los vuelos del U-2 a altitudes extremas fueron responsables de más de la mitad de los avistamientos de OVNIs reportados entre los años cincuenta y sesenta.
Entre 1956 y 1960, el U-2 cambió el curso de la Guerra Fría. Sus veinticuatro misiones de penetración profunda sobre la URSS —cubriendo el 15% de su territorio— desmontaron dos de los mayores pánicos estratégicos de la época: el supuesto "bomber gap" y el "missile gap", demostrando que los soviéticos no acumulaban arsenales masivos de bombarderos ni misiles intercontinentales, lo que permitió a Eisenhower resistir enormes presiones para disparar el gasto militar. Pero los soviéticos podían rastrear el avión por radar, y el 1 de mayo de 1960 lo inevitable ocurrió: Francis Gary Powers fue derribado por un misil SA-2 sobre Sverdlovsk. Su captura desbarató la cobertura de la NASA sobre un "avión meteorológico perdido", humilló a Estados Unidos, hizo fracasar la Cumbre de París con Jrushchov y puso fin a los sobrevuelos sobre territorio soviético. Powers fue intercambiado en 1962 por el espía Rudolf Abel en el célebre puente de Glienicke en Berlín. El programa, sin embargo, no murió: se reorientó hacia Cuba —donde en octubre de 1962 proporcionó las primeras pruebas fotográficas de misiles soviéticos de alcance medio, desencadenando la Crisis de los Misiles—, el Sudeste Asiático y China continental, donde pilotos nacionalistas chinos volaron 104 arriesgadas misiones perdiendo cinco aviones.
Paralelamente, la CIA desarrolló el sucesor del U-2: el A-12 OXCART, un prodigio de ingeniería capaz de volar a Mach 3.29 y 90.000 pies, construido en titanio con tecnología stealth pionera. Su desarrollo fue una pesadilla técnica —el titanio se resquebrajaba, los fluidos hidráulicos no existían, el presupuesto se duplicó—, pero el resultado fue un avión cuya velocidad y altitud jamás fueron igualadas. Se desplegó operativamente en 1967 desde Okinawa para misiones sobre Vietnam del Norte y Corea del Norte, pero fue cancelado en 1968 por redundancia con el SR-71 de la Fuerza Aérea y porque los satélites espía habían asumido el papel de vigilar la URSS. El programa U-2 fue transferido a la Fuerza Aérea en 1974, cerrando dos décadas de operaciones de la CIA.
El legado de estos programas trasciende la inteligencia militar. Transformaron la CIA de una agencia centrada en espías humanos a una potencia de recolección técnica, impulsaron la creación del Centro Nacional de Interpretación Fotográfica, y generaron avances en aerodinámica, materiales, cámaras, trajes presurizados —precursores de los del programa espacial— y técnicas furtivas que definirían la aviación militar durante generaciones. Es también una historia profundamente humana: pilotos que confundieron pastillas de cianuro con caramelos de limón, científicos que desafiaron a la burocracia militar, y un presidente que autorizaba personalmente cada misión sabiendo que un solo error podía desatar una guerra mundial.