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Un grupo de residentes en Matanzas, incluido el reportero, observó objetos voladores no identificados el 21 de diciembre de 1993. Un niño de ocho años fue el primero en notar el fenómeno, describiendo luces brillantes que se movían en línea recta del norte al sur. Los testigos vieron una bola blanca seguida de colas luminosas, como cometas, que se multiplicaron hasta seis o siete luces. Los objetos permanecieron visibles durante unos 30 segundos.
El día siguiente, se confirmó que científicos de la Academia Cubana de Ciencias también habían observado el fenómeno desde distintas zonas. Un meteorólogo, Orestes Gribaó, comparó la experiencia con una fotografía de 1913 del Observatorio de Toronto, Canadá, y aseguró que ambos eventos eran muy similares. Esto generó interés en el estudio de fenómenos extraterrestres y se consideró un caso digno de investigación.