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En 1993, el primer ministro sueco Carl Bildt viajó a Moscú con la intención de resolver un conflicto que involucraba submarinos rusos supuestamente incursionando en aguas territoriales suecas. La prensa local destacaba que, aunque se tratarían temas económicos y bilaterales, el enfoque principal sería en los misteriosos submarinos que violaban las aguas suecas. Las grabaciones de ruidos de hélices, enviadas a Rusia, no aportaban pruebas concluyentes, y algunos expertos suecos comenzaban a cuestionar si todo era un "producto de la imaginación, similar a platillos volantes".
Mientras tanto, desde Moscú, los observadores militares señalaban que no existían pruebas claras de que los submarinos rusos hubieran estado en esas aguas, excepto un incidente en 1981. A pesar de ofrecer un premio de un millón de coronas suecas a cualquier marinero ruso que aportara evidencia, nadie lo reclamó. La visita de Bildt buscaba cerrar el conflicto con una declaración conjunta con Yeltsin, aunque el éxito de esta cooperación era incierto.